El Grand Palais exhibe obras de Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco y las vanguardias, en la exposición MEXIQUE 1900-1950, hasta el próximo 23 de enero.

Desde Luis XIV, el arte en Francia ha sido el más provechoso de los negocios. Me refiero ahora, al arte en su sentido más amplio, incluyendo la moda, de la que siempre trataron de convertirse en su “arbitro”, como cuestión de Estado; o su cocina concebida como un acto vital único, nada que ver con la alimentación del resto de mortales, o su pintura, o quizás mejor expresado, sus exposiciones de pintura.
Si Colbert levantara la cabeza se extrañaría de tanto pret a porter, pero se felicitaría porque los grandes almacenes y galerías del Boulevard Haussman sigan atrayendo a los ciudadanos de medio mundo, aunque no comprendería como se avienen a comer (aunque sea cocina francesa) en las pequeñas mesitas de los bistros parisinos.
Pero lo que sin duda más placer le produciría es comprobar que incluso siendo El Prado un Museo español, las exposiciones parisinas triunfan mundialmente, gracias a su concepción diseño y gestión. Ello ocurre con la que estos días exhibe el Grand Palais sobre Mexico 1900-1950, y hacen actualmente de París, también en este ámbito, un polo de atracción ciudadana internacional incuestionable.
La exposición no se limita a mostrar obras pictóricas, dibujos, esculturas, etc. Los modernos medios audiovisuales están muy presentes explicitando un mensaje donde se ponen de manifiesto la historia, el romanticismo revolucionario y finalmente, el descreimiento de Mexico, tan común al nuestro. Todo ello, sin olvidar en ningún momento el papel de Francia y sus relaciones con Mexico. Así se destaca, como Maximiliano de Habsbourg (1832-1867), al que algunos consideran nieto de Napoleón, fue emperador de Mexico, por la pretensión de Napoleón III de rivalizar con los Estados Unidos en la hegemonía sobre el continente americano, y su ejecución como dos años más tarde, por orden de Benito Juárez.
Tampoco olvida la exposición el gran centro cultural que fue París a comienzos del Siglo XX, y como acogió a los artistas Mexicanos, así como los intercambios estéticos que se produjeron en doble sentido, a lo que no fue ajeno la familiaridad entre las lenguas. Se subraya como el teórico del surrealismo, Andre Breton, consideraba Mexico, “le pays surréaliste par excellence”.
En la exposición hay un lugar singular para las mujeres artistas. El público puede descubrir, entre otras, Nahui Olin, Rosa Rolanda, y por supuesto a Frida Kahlo, y su auto retrato, en el que se pinta con unas cejas y bigote masculinos. También se destacan las canciones y las imágenes de las soldaderas, que seguían las tropas revolucionarias, comparándolas simbólicamente con las «mujeres fuertes » de la Biblia.
Con los diversos medios audiovisuales de que dispone, la exposición aborda múltiples relatos y propicia la emotividad y reflexión personal, poniendo de manifiesto las contradicciones humanas. Así en “El Retrato de Adolfo Best Maugard”, Rivera muestra a su amigo pintor, como cualquier elegante burgués de comienzos del Siglo XX, posando delante de un paisaje urbano dominado por una gran noria que gira alrededor de su mano enguantada. ¡El cuadro sugiere tantos temas!, la rueda de la fortuna, la fascinación por la velocidad, las nuevas sensaciones posibilitadas por la combinación de la electricidad y de la mecánica…, que hacen olvidar la contradicción de la imagen con el resto de la obra de un pintor que sostenía los ideales de la Revolución, y que en su país formaba parte de una elite financiada por el gobierno. Lo que desde luego explicita la exposición, que refiere como José Vasconcelos, entonces secretario de instrucción Pública, animó la pintura mural, por su importancia para transmitir los ideales de la Revolución.
“Nuestra imagen actual” de David Alfaro Siqueiros, invita igualmente a la reflexión personal. Pintada en 1947, tiene un carácter absolutamente atemporal, bien pudo haberse pintado esta mañana. Una cabeza con rostro de piedra y un cuerpo con los brazos extendidos hacia adelante, con gran fuerza, y las manos abiertas como pidiendo algo. Sin duda una obra fundamental, pero curiosamente, contradictoria al ideario del artista, el más implicado en los movimientos sociales y políticos, porque se hizo con el caballete, que Siqueiros detestaba por considerarlo fomentado por los círculos ultraintelectuales aristocráticos. Pero si esta contradicción es evidente, las que puede plantearse si aludimos a la simbología de la “cara de piedra”, o las fuertes manos pedigüeñas, solo pueden tener un carácter de hipótesis personal, lo que en definitiva, hacen a la obra más atractiva aún, invitando a conocerla y a la visita de la Exposición.
